jueves, 12 de diciembre de 2019

Los ojos de Silvia

Siempre recordaré los ojos de Silvia.


La conocí hace años. Abrió su pub un verano, en aquel local maldito donde nadie había conseguido mantener un negocio abierto. Íbamos de camino a nuestros bares habituales cuando la encontramos allí, parada, de pie, mirando el cartel recién colgado. Fue César el que preguntó, y tras él fuimos Martín y yo.

El encanto de la penumbra tras la puerta cerrada. La música que parecía hecha para nosotros. Fue amor a primera vista. Éramos los primeros en entrar, los últimos en irnos. Viernes, sábado y fiestas de guardar. César, Martín y yo, camareras que nunca duraban mucho tiempo, y Silvia llenando los huecos, atenta a todo.

Nunca llegué a verla lejos del pub. Una tarde de Agosto, con Martín y César fuera de la ciudad, me la encontré en la puerta, sentada mirando al mar. Nos levantamos cuando ya era hora de cerrar. Le conté mi vida, mis ilusiones, mis miedos y mis esperanzas. Le conté la historia de aquel amigo, muerto tiempo atrás, que tenía un paraguas que ahuyentaba la lluvia, y mi proyecto de emigrar a Hong Kong. Ella no dijo nada, solo sonreía, y escuchaba.

Llegó Septiembre, y la vuelta a la Uni. Martín se mudó a Madrid, con buenos propósitos que duraron dos cartas. Cristina vino y se fue, y con ella César. Me quedé sólo con Silvia, de casa al pub y del pub a casa, esperando que la semana volviera a acabarse para encontrarla de nuevo. Seguí contándole mis historias, pero nunca aquella a la que más vueltas le daba.

Una noche de invierno apareció él. Nunca supe quién era, pero los ojos de Silvia cambiaron en cuanto le vio. Quise preguntar, pero me rehuyó. Se la veía nerviosa mientras hablaban, sentados en una esquina. Quise acercarme, pero no pude dar ni un paso.

Salí del pub molesto, enfadado. Me fui a los otros bares de siempre, para no beber solo, y acabé borracho, vagando al amanecer. Cuando levanté la vista, allí estaba el cartel. Quería hablar con ella, dispuesto a abrirle mi alma, pero una barrera de humo me lo impidió. Por más que lo intenté, no lo conseguí. Acabé vomitando en la acera, mientras una pareja buscaba una cabina para llamar a los bomberos.

Nunca la volví a ver. El local pasó tiempo cerrado, y los nuevos dueños no la conocían. Tampoco emigré a Hong Kong, pero aún conservo el paraguas que ahuyenta la lluvia.

Hace un año me encontré a Martín, sin pelo y con niños. Tomamos un café, y le conté la historia, pero él ni siquiera se acordaba del pub.

Quizá solo fuera un sueño, pero aún hoy me levanto viendo los ojos de Silvia mirándome desde el fuego.